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domingo, 1 de mayo de 2011

El compresor, un tsunami corporal


No os dejéis engañar por la sensación de fortaleza y bienestar que transmite Joan en la foto. La realidad es otra. Y la realidad es que 30 segundos con el compresor en la mano y funcionando multiplican exponencialmente la fatiga de los brazos. Fatiga que, con el paso de los minutos y después de las horas, se transforma en dolor agudo y en llagas en las manos. Paco y Toni, los estimados hacedores de nuestra humilde morada, nos dicen que a todo uno se acostumbra. Yo llevo unos diez días alternando diferentes tareas y, de la misma manera que Mourinho se pregunta "¿por qué?", yo me pregunto: ¿cuándo? ¿Cuándo cesarán los dolores? Bueno, algunos dolores desaparecen apenas uno deja de hacer la tarea que los provoca pero al día siguiente en el primer segundo que retomamos esa misma tarea ¡ay!, los dolores vuelven a estar allí como si nunca se hubieran ido.
El compresor, sin embargo, nos proporciona un tipo de sufrimiento único en su especie.
Imaginemos un tsunami o un terremoto. La sensación física del compresor actuando es justamente esa. Temblor, calma, temblor. Temblor, calma, temblor. Una y otra vez. Una y otra vez. Un minuto, diez minutos. Una hora, dos horas, ocho horas. El temblor se va acumulando en el cuerpo. Digamos que se apodera de todo él. Se cuela por los poros como las partículas radioactivas. De manera que al final del día, cuando ya el compresor está lejos, lo que hace unas horas eran temblores en tiempo real, se transforma en réplicas. Todo tu ser, lo más profundo de tu yo, tiembla. Temblor, calma, temblor. Temblor, calma, temblor. Una y otra vez. Una y otra vez. Una ducha. Temblor, calma, temblor. Dulces sueños. Temblor, calma, temblor. Un minuto, diez minutos. Temblor, calma, temblor. Una hora, ocho horas. Temblor, calma, temblor. Ya se ha hecho de día. 

A pesar del sufrimiento, no pierdo la esperanza de ver aparecer un zombie por el patio y usar el compresor para destrozarle las tripas. Este momento cinematográfico y las ganas de ver la casa acabada todo lo compensan.

miércoles, 13 de abril de 2011

Oferta de la semana: Escombros




Una pared que cae
Escombros
Una bolsa y otra bolsa
Escombros
De Melians al Punt verd
Escombros
Dentro de la furgoneta
Escombros
En mis zapatos
Escombros
Entre los dedos
Escombros
Por la nariz
Escombros
El Toni me ordena
Que saque
Escombros
Sobre mis espaldas
Escombros
El pelo blanco
Y lleno
De escombros
Otra pared fuera
Y escombros
Una pala, dos brazos
Y escombros
Un día, dos días
Escombros
Por la mañana
Escombros
Y por la tarde
¡Oh, sorpresa!
Más escombros
La comida
¿A qué sabe?
A escombros
Las piernas me duelen
Me duelen los ojos
Las uñas
Y partes de mi cuerpo
Que no sabía que existían
¿Se acabarán alguna vez?
Los escombros
Yo sueño
Y en mis sueños
Y en mi casa
¡¡¡¡SOCORRO!!!!
Escombros

lunes, 11 de abril de 2011

Un sueño hecho realidad

Sí, lo confieso: siempre quise subirme a un andamio y poder comprobar si esas alturas tienen un efecto catalizador sobre las hormonas, que se transforma en un impulso irrefrenable por hacer público el deseo, digámoslo claramente y en muchos dialectos, de follar, coger, garchar o meterla o sacarla o restregarla, con violencia y repetidamente, por algún sitio muy o poco visible de quien sea que pase en ese momento por delante del mencionado andamio.
En mis años mozos, cuando el proceso de decadencia no estaba en marcha y todavía no me había transformado en un holograma, pasar por una obra exponía a mis oídos a irreproducibles declaraciones de amor desde lo alto. Las callecitas de Buenos Aires tienen ese... qué se yo, ¿viste? "...cuuuulo!... te voy a...hasta el fondo!...". "...eeehhh!...¿por...me chupás...?" Y etc... etc...etc...
¿Cuántas veces he optado por cambiarme de acera para no sufrir el escarnio?¿Y cuántas he soñado con una fría venganza? ¿Quién me iba a decir que sería en mi propia casa donde tendría la oportunidad única de poder decirles cosas guarras a los tíos con la descarada impunidad que otorgan las alturas y vengarme no solo a mí si no al género femenino entero por tantos años de sufrimiento?
Además, estos días estoy trabajando con un aparato eléctrico que tiene una punta afilada, para poder despegar los azulejos de la pared. Y eso, claro, me da mucho juego. No sé si lo podéis visualizar: yo, el andamio, la ropa de trabajo, el polvo, el aparato con la punta afilada, el sudor que baja por mi cuello... Un poco como "Ilsa, la tigresa de Siberia" pero en Alaior. Muchas y muchas ideas se me vienen a la mente mientras destrozo mi casa y fortalezco mi musculatura a base de taladrar y taladrar.
Así que allí estamos, yo y mi andamio, mi andamio y yo... Lástima que de momento solo pueda limitarme a comer el bocadillo en el descanso, porque el andamio está en el patio y por allí no pasa ningún tío bueno. Bueno, sí, están los dos paletas, Toni y Paco, pero tendré que convivir con ellos unos cuantos meses y no quiero que se lleven una impresión equivocada.